Imposible responder. Una quimera encontrar las palabras adecuadas. Un fugaz deseo: decirle algo que borre, ni siquiera por un instante, la tristeza de su voz.
"Ha empezado la cuesta abajo". Cómo esconder en una frase sencilla tal amargura.
Porque aunque E. sea de esos tipos que siempre te arrancan una sonrisa, hoy no puede hacerlo. La vida, el destino, la falta de suerte o más bien una maldita enfermedad parece que le quiere arrebatar de entre sus brazos a una de las personas que más quiere en este mundo. Y él, aturdido, parece encajarlo siendo consciente de todo y de nada a la vez.
Ojalá pudiera hacer algo. Ojalá pudiera daros un abrazo. Ojalá esa frase forme parte de una pesadilla y el próximo verano vuelva a veros. En la orilla de siempre. Os espero.
Y de repente no le salían las cuentas.
Hacía un esfuerzo por recordar desde cuándo llevaba en la carretera. Desde cuándo cenaba solo, con el ruido de un televisor de fondo, después de otro día eterno para olvidar. Desde cuándo se despertaba en pensiones sin encanto, sin alicientes, sin vida.
En la mesa del recibidor, unas revistas eróticas antiguas. En el mostrador, la mujer amable que les prometía cenas deliciosas, por muy tarde que llegaran. Y en las mesas, otros tipos como él. Cansados. Resignados. Pero convencidos de que aquello era mucho menos de lo que nunca soñaron. Mucho menos de lo que se merecían. Mucho menos de lo que uno espera encontrarse cada mañana al abrir los ojos.
Cuando volviera a casa, pensó, le diría a su mujer que ya no podía más. Que buscaría otra cosa. Que haría sumas y restas a ver si era posible dejarlo. Aunque solo fuera por un tiempo.
Lo malo, pensó antes de levantarse para irse a su habitación, es que no era la primera vez que intentaba dejarlo.
Se te ha hecho de día. Otra vez.
Haces lo imposible por caminar recto, por no caerte, por mantener abiertos los ojos. En vano.
Te cruzas con tempraneros bañistas, con señoras que van a misa, con quioscos abiertos que venden ya el relato de una realidad de la que tú quieres huir cada día.
Apenas recuerdas las conversaciones que tuviste. Los bares por los que pasaste. Las chicas a las que les susurraste al oído promesas ininteligibles. Solo aciertas a recordar que anoche, y antes de anoche, el guión de tu vorágine fue muy parecido.
Y ocupas un asiento del tren. Te palpas el bolsillo y sonríes levemente. Sí, llevas las llaves. En unos minutos cerrarás del todo los ojos. En tu cama. Ya estarás de vuelta en casa. Aunque apenas la reconozcas como tu casa. Aunque sientas que una gran parte de ti no ha llegado. Ni a casa ni a ninguna parte. Porque sigue perdida. Desde hace demasiado tiempo.
P. no mira a los ojos. De frente. Desvía la mirada y responde hacia una pared vacía. Sus palabras se las traga el blanco de la sala y el zumbido regular y constante de tanta máquina.
16 horas al día de trabajo. Con el teléfono pagado. ¿Fines de semana? También. ¿Comidas? Pocas y malas. La última. ¿Qué fue lo que te puso en alerta? ¿Sentiste algo?
P. respira un buen rato antes de contestar. Lo que sintió fue que dos amigos se iban antes de tiempo. Y sin avisar. Lo que sintió fue que llevaban el mismo ritmo de vida que arrancaba las hojas de su calendario.
Lo que sintió fue miedo.
Y por eso está aquí. Para que entre médicos y máquinas le quiten ese miedo.
Dice que ha logrado aceptar que si un día no trabaja, el mundo no lo nota. Y que ha empezado a hacer deporte. No sonríe. Pero algo me dice que pronto va a conseguirlo.
Supongo que después de siete años en una silla de ruedas, es probable que te vuelvas la persona más bondadosa del mundo. Por eso Jacob lo único que nos pide es que no le tengamos mucho tiempo al sol. Que hoy aprieta mucho.
Por eso su paciencia es infinita. Por eso responde con valentía a todas mis preguntas. Por eso cuenta con calma, a pesar del desgarro, cómo su vida dejó de ser la que era. Por eso casi sonríe cuando pide a todos los que le miramos desde arriba que no perdamos lo que tenemos. Que no nos despistemos, como le pasó a él.
Supongo que después de siete años en una silla de ruedas la terquedad, la avaricia o el egoísmo dejan de tener sentido. Como las prisas. Su voz y sus manos delatan que sí, que todo lo malo quedó atrás. Eso sí, después de un proceso tan inagotable para nosotros como inagotable para ellos.
Por eso Jacob sólo pide que no le tengamos mucho tiempo al sol.
Un edificio polvoriento. Donde lo más limpio, dice Carlos, es el suelo. En el que entra y sale gente sin apenas dejar huella. Buzones sin nombres. Puertas sin timbre. Y pasillos sin vida.
Hacía tiempo que nadie se acordaba de este lugar. Nadie les miraba. Por eso cocinaban, se duchaban o dormían como podían. Como tú y yo creemos que es imposible vivir. Hasta que lo ves y callas.
Y llegaron las sirenas. Los miedos. Los silencios eternos detrás de la puerta, esperando que todo pasara de una vez.
Cuando las luces se apagaron, decidieron seguir entrando y saliendo. Porque no tienen plan b. Aunque nos cueste creerlo.
No tengo predilección por los tipos grises y sin suerte. No busco a hombres callados al final de la barra, esos que se van sin haberse ligado a la camarera. No me fascinan los perdedores que agachan una y otra vez la cabeza porque no les queda otra que resignarse y volver a intentarlo desde la casilla inicial.
Pero reconozco que a veces sus historias me despiertan mucho más interés que las de los tipos que llegan a la casilla ganadora. Seguramente porque hay pocos seres con éxito que sepan diluirlo sin que les cojas manía.
Fobias y filias aparte, es imposible que la historia de Carlos te deje indiferente. Sus tropiezos te roban toda la atención. Cada capítulo que sale de su boca te lleva a una sencilla conclusión. Que no puede ser. Que cuesta creerse que la vida le dé tantos reveses al mismo protagonista. Que tanta desgracia no puede caber en tan pocos años. Pero él, sencillamente, baja la mirada y te dice, muy bajito, que sí...
Porque Carlos duerme desde hace días en una tienda de campaña. Porque tiene tres hijos de tres relaciones. Porque tuvo que cerrar el bar en el que invirtió todos sus ahorros. Porque lleva muletas después de caerse por una escalera. Y collarín porque los Mossos le pegaron una paliza.
Ayer me dijo que se iba a su tienda de campaña a las cuatro de la tarde. Le contesté, ignorante, que si no hacía demasiado calor para refugiarse entre plásticos. "¿Y adonde quieres que vaya?" replicó para dejarme sin respuesta.
Dice que está muy cansado. De las muletas y de pedir ayuda. De tirar la moneda y que siempre caiga del mismo lado. Maldito lado. Pero al menos sigue tirándola. Es lo bueno de los tipos sin suerte. Que callan. Que se resignan. Pero que a la mañana siguiente vuelven a jugar. A la noche siguiente regresan al bar a ver si la camarera les sonríe de una vez.
No hace falta tener hijos para que te duelan este tipo de accidentes. Un maldito accidente. De los más insospechados. De los más desgraciados. De los más inolvidables.
Después de media hora intentando salvarle la vida, el bebé murió. Tras haberse atragantado con un trocito de pera.
Dicen que los niños de la guardería, minutos después, seguían jugando. Al margen de todo. Sin consciencia de lo que acababa de pasar. Sin tiempo aún para echar de menos a uno de sus compañeros de juegos. Y dicen que a unos metros de distancia, la suficiente para que los niños no las vieran, las monitoras se abrazaban desconsoladas. Apretando los dientes de rabia. Intentando encontrar una respuesta que calmara tanta impotencia. En vano.