No recuerdo cuándo fue la primera vez que escuché aquel nombre, Bellaterra. Lo que no olvido es que en ese bosque me aguardaba un enorme campus, mil asignaturas y una lengua que fácilmente asimilé (por mucho que algunos, los mismos que ni leen ni viajan, insistan en no creerme).
Cada vez que vuelvo, la niebla de siempre y la incertidumbre de aquellos primeros días me invade como un grato recuerdo. Recorro los mismos pasillos de siempre, aunque mi nombre ya no sale en las listas de clase ni saludo a ningún compañero. Sólo me quedan esos cafés con Xavi, entre anécdotas, risas y muchos planes para cambiar esta profesión tan denostada, con los que rescato aquellos días de apuntes, reivindicaciones y los siempre temidos exámenes.
"Sí". Cuando me preguntan si vale la pena esta profesión, siempre respondo lo mismo.
Pero, a pesar de esa respuesta contundente y reivindicativa, a veces uno duda. Como cuando esta noche, sin saber por qué, me han venido algunos trazos de esas imágenes que uno nunca imaginó vivir. Esos momentos en los que un iluso periodista se muerde la lengua, traga lento y desea, sobre todo, estar lejos de ese lugar. Lejos de "el lugar de los hechos", que maldicen.
Lejos de aquellas tristes fotografías, en blanco y negro gracias al visor. Y que, aunque apenas duraron un instante, me provocaron "una quemadura en la retina y en el alma", como dice Ismael.
Mañana seguiré, buscando esas historias que acaban con una sonrisa en la boca. E intentando dejar atrás esas noches de plásticos, silencios, llantos y preguntas sin sentido alguna. Las noches que preceden a las mañanas de los titulares, cuando todos nos hemos ido.
Me recuerda a la sensación que me invadía cuando me adentraba en los primeros capítulos de Lost, Prison Break o 24. Sólo llevo tres capítulos pero no paro de hacerme preguntas.
¿Por qué?
Porque la intriga está bien tejida. Porque hay un buen reparto (Joseph Fiennes y "Charlie" y "Penny " de Lost, entre otros), contados efectos especiales y paranoias extragalácticas (las mismas que me han hecho cansarme de Lost). Y porque contiene algunas dosis de las mejores series. Prueba de ello, la idea central de la serie: toda la población mundial se desmaya durante 137 segundos. Durante ese tiempo, cada persona tiene visiones de futuro. A partir de ahí se abre todo un mosaico de casualidades, destinos, reacciones...
Por eso yo y tanta gente está ya viciada con cada capítulo...
No recuerdo cuándo fue la primera vez que oí que Eddie Vedder estaba componiendo la BSO de una película. Que el guión era buenísimo, basado en una historia real, la de Chris McCandless. Cuando supe que la dirigía Sean Penn, ya sólo me quedaba comprar la entrada y disfrutar.
Y así fue.
La música es una delicia. Y si Vedder te deja frases como estas, toca pensar...
Tenemos una codicia con la que hemos pactado...
y tú piensas que tienes que querer más de lo necesario...
Cuando se juntan buenos ingredientes, el resultado no puede ser otro. Cuando un director y guionista como Daniel Sánchez-Arévalo y dos actores como Antonio de la Torre y Raúl Arévalo se ponen a hacer películas, estas acaban siendo buenas.
Sus historias son buenas, enternecen, entretienen y en pocas ocasiones te dejarán indiferente. Si acaso tendrás en el estómago una sensación agridulce, después de haber reído y llorado. Como si te hubieran contado un chiste buenísimo y al cabo de un momento te hubieran dicho que alguien se está muriendo. Casi como la vida misma.
Sales del cine y piensas que eso de la crisis en el cine español es una falacia. Y que estos tres tipos destilan (y mucho) talento.
Sus calles no desprenden prisas. Parece una utopía, pero existen. O al menos para el movimiento Slow hay una serie de lugares en los que se puede respirar calma. Hay registradas 116 ciudades de 16 países. Zonas peatonales, cumplimiento con el medioambiente, noches silenciosas y poca población son algunos de los 52 requisitos que deben cumplir para entrar en la sosegada lista. Quizás más de uno crea que Lekeitio, Mungia, Pals, Rubielos de Mora, Begur y Bigastro, las seis ciudades españolas elegidas hasta el momento, no sean el paradigma de la calidad y el ritmo pausado. Pero al menos destilan una serie de alicientes que otras ciudades jamás alcanzarían.
Begur, en la foto. Y el reportaje completo, en El País.
8.00.- En la arena tan sólo se perciben algunas huellas, las de las máquinas de la limpieza y las de las gaviotas, que camparon a sus anchas en esas tempranas horas en las que no hay veraneantes.
9.00.- La gente asedia la orilla para caminar o correr. Son días de marea baja que hay que aprovechar.
10.00.- Sin embargo, parece que el deporte matutino más seguido en esta playa es desayunar en la calle. Y el mollete y el café con leche, el menú más solicitado. La única diatriba es si pedir el mollete sólo con aceite o con jamón. El café, en vaso. Y a temperatura ambiente, o sea, ardiendo. Los niños, con la piel bronceada y las caras de haber dormido más de la cuenta, devoran el pan. Los pocos que trabajan en este lugar de veraneo también hacen su pausa y se mezclan entre los veraneantes. También alguna cerveza se cuela ya en una mesa cercana. Y es que el calor apunta que será un día duro y los hay que ya se van preparando.
11.00.- Es hora de ir a la playa. En los atuendos, ni rastro de glamour. Bañadores lisos, hombres sin depilar, gorras de propaganda y bolsos enormes pero prácticos. Camisas ajustadas y tops que evidencian una falta de dieta estricta. También escasea la vergüenza. La gente aquí parece preocuparse más por disfrutar que por aparentar. Con camisa poco abrochada, pantalones cortos y sandalias, el "uniforme oficial", un hombre apura su café y apuntala un gran dicho cuando alguien encara un nuevo destino: "Ea, vamo". Caminando hacia la playa puedes cruzar cualquier calle a cualquier altura, sin tener que buscar un paso de peatones. Todos los coches te ceden el paso. Parece que tampoco existen las prisas.
12.00. Plantada la sombrilla, la gente ataca el diario. Sobre todo una cabecera sevillana, que domina el espectro mediático. Los hay también que juegan al dominó. Unos juegan y otros, cerveza en mano, miran. Al final de cada mano uno habla y los demás asienten. Es un juego de estrategias y silencios.
13.00.- La orilla se convierte en un hervidero. Los hay que pasean, sorteando a niños y mayores. Los hay que se resguardan bajo una sombrilla. Y también hay los que ayudan a los más pequeños a jugar con las olas y los castillos de arena.
14.00.- Hora punta del vendedor de patatas y de los chiringuitos. El calor aprieta y las cervezas y los tintos de verano se sirven sin cesar. Pies descalzos, olor a sardinas y un vaso frío en las manos son algunas de las aristas de la estampa más veraniega.
15.00.- Es hora de ir a comer. Excepto algunos que lo hacen en la playa, la mayoría prefiere dejar desierta una orilla embravecida y un mar aparentemente cansado de tanto bañista. Y, en cada casa, gazpacho, salmorejo, ensalada y un helado de postre.
16.00.- Una toalla tendida al sol se mece suavemente, al compás de un reloj de arena, empujada por un leve poniente. Gatos y perros a la sombra. Y de fondo se escapa, a través del pequeño hueco que deja una persiana bien bajada, una telenovela que nadie ve. Sí, todo el mundo duerme la siesta.
17.00.- Esta vez son las mesas de las cafeterías las que se pueblan. Hay que despertar al cuerpo con un café con leche antes de volver a la playa. Cómo acabó la telenovela, el calor o la merienda de los niños son los temas que acompañan al tintineo de las cucharas.
18.00.- Otros veranos fueron Falcones, Da Vinci o Zafón. Esta vez los veraneantes, una vez cambiadas las sillas de orientación al ritmo que marca el sol, devoran la trilogía de Larsson. El sol ya no aprieta y a los más pequeños ya hay quien no los embadurna con crema solar.
19.00.- A pesar de los numerosos grados sobre cero, la gente cree tener frío a estas horas. La mayoría cambia la arena mojada por la seca y a los niños, después de comerse la merienda, se les acaba la hora del baño y apuran sus últimos juegos en la arena. Comienzan los partidos de fútbol y de palas, mientras los últimos hidropedales vuelven a la orilla.
20.00.- En los escasos días de levante los kitesurfers aprovechan el mejor momento del día, en el que el sol marca un trazo grueso entre las olas. Las copas llegan a las mesas de dominós y cartas, al tiempo que los que no pudieron correr por la mañana comienzan a inundar la orilla .
21.00.- Aperitivos, duchas, bañadores mojados en un tendedero repleto, agua de colonia para los más pequeños, la televisión de fondo y los mayores que se deciden por una abarrotada pizzería. El sol se ha despedido y un horizonte rojizo se queda en la retina de más de uno hasta el día siguiente. Hasta el verano siguiente.
22.00.- La gente abarrota los bares de tapeo, los mejores sitios de pescaíto frito y las pizzerías preferidas de los niños. Parece que nadie quiere cenar en casa.
23.00.- La luna hace acto de presencia y se cuela en cada rincón del paseo marítimo. En los carritos los más pequeños comienzan a soñar con otro día de playa y los padres degustan una tarrina de helado. De nuevo, no hay prisa por volver. Ha sido un día largo y el poniente asegura un buen descanso, cualquiera que sea la hora del regreso. Hay calma y no hay ganas de ver al invierno a la vuelta de la hoja del calendario.
00.00.- Dos adolescentes intercambian pulseras y caricias. Y es que la época estival es la más propicia para los primeros amores. Se sirven las primeras copas con la canción del verano de fondo. La tez bronceada se vislumbra entre los focos y en las terrazas, de nuevo, no existen las prisas. Cierras los ojos y sientes en la piel la sal, la quietud y las sonrisas de una noche de verano. Un sabor tan difícil de describir como de olvidar. Tan sencillo y tan viejo como la arena. Como el mar de cualquier puerto legendario, al que todo el mundo quiere regresar. Cada verano.
Era el verano de la famosa ola de calor, 2003, el verano en el que tantos franceses murieron por las altas temperaturas y el olvido...
Y, tras el viaje más improvisado que podíamos imaginar, llegábamos de madrugada a Budapest...
Durante una semana una sonrisa nos acompañó por las termas, los paseos junto al Danubio iluminado por una luna llena de plata como testigo, las chelas tomadas entre risas y complicidad desbordada, un paseo en bici o un viaje hasta la Edad Media, Balaton en el atardecer o los neones de una ciudad emergente a nuestros pies. Ninguno de los tres llegó a imaginar un viaje como el que hicimos. Y ninguno lo olvidará, seguro. El tiempo añadirá polvo a las fotografías, y quizás hasta olvidemos cómo se decía cerveza en la pinche lengua húngara. Pero tengo la certeza de que un trocito de Budapest se ha quedado para siempre instalado en nuestras retinas, en una de esas ventanas de la memoria que abrimos cada vez que decidimos encontrarnos en algún lugar del que apenas conocemos algo más que su nombre...
No. No soy un mochilero profesional. Ni he dado la vuelta al mundo.
Nací en Jerez. Y amo el Sur de mis recuerdos. Porque en Jerez, como en Rota, en Zahara de los Atunes o en Granada, fui feliz. Y vuelvo a serlo cada vez que regreso. Y sonrío.
Vivo en Barcelona, con lo que logré cumplir un sueño. Barna también me ve sonreír, cada mañana. Aunque la engañe con mi amante el Atlántico.
He vivido en Soria, Sevilla, Rouen y Lyon. Inolvidables.
Y viajando descubrí... las melancólicas Buenos Aires y Budapest, el vertiginoso DF, la impoluta Zurich o las mágicas San Felices, Besalú o Samotracia.
Lo que aprendí, sin embargo, lo cuentan mejor Madina ("a un terrorista le diría que viajara y que leyera") y Drexler ("vale más cualquier quimera, que un trozo de tela triste").