El lápiz de la ternura de Rivas
Hacía tiempo que quería leérmelo. El lápiz del carpintero. Y ahora que lo degusto entre las manos, espero que no se acabe nunca. Como las buenas películas.
Y es que, después de tanta espera, me encuentro susurrando pasajes de infinita ternura.
En aquella aldea, la vejez estaba al acecho. Repentinamente, te enseñaba los dientes en una esquina sombría, enlutaba a las mujeres en una era de niebla, mudaba las voces con un trago de aguardiente y arrugaba la piel en el escalón de un invierno
Atardecía. En la huerta, un mirlo se echó a volar cual pentagrama negro, como si de repente se hubiese acordado de un cita olvidada. La hermosa señora se acercaba de nuevo a la galería con el andar suave de un reloj de agua