Creo que fue bastante antes de que ganara su primer Roland Garros cuando me fijé en él. Avisaban de que llegaba un chico que lo había ganado todo en categorías inferiores.

Y en 2005 arrasó, desde enero hasta diciembre, por lo que empecé a tragarme todos sus partidos con las mismas sensaciones que otros lo hacen con Lost. Devoción, disfrute e infinita capacidad de sorpresa.

Además de sus seis Grand Slams, recuerdo las remontadas contra Nieminen, Ljubicic o Coria. Devolviendo dos smashs a Djokovic. O rodeado de niños que le suplican un autógrafo, algo habitual y que lleva con la misma entereza con la que gana un torneo.

Por eso ahora cuando Rafa Nadal gana el Open de Australia me llegan felicitaciones como si fuera mi cumpleaños. Por eso Anna y mis amigos del trabajo me regalan sus camisetas y sus zapatillas.

Ya sólo le falta ganar uno de los grandes. Y, a pesar de lo que diga algún ingenuo e ignorante periodista, va a seguir luchando y divirtiéndose.

A mi me falta, después de verle en París y en Barcelona, escribir la crónica de alguno de sus triunfos memorables, como lo hacen mis admirados Ginés Muñoz, Manel Serras o Javier Martínez.  

E insisto. Es mucho mejor que Federer. A pesar de lo que digan Paco o Andreu. No, no es un purista, no le pega a la bola con pose de swing ni habla idiomas. En cambio, tiene en la grada a un entrenador en vez de a una novia de portada de revistas del corazón, posee una modestia y una fe incombustibles y está en disposición, con sólo 22 años, de ser el mejor tenista de la Historia. A pesar de que él mismo lo niegue.

Las fotos son del Tete Andreu...