Ese placer tan caro llamado silencio
No es tan difícil moverse por el Eixample de Barcelona en un sorprendente silencio. No hace falta esperar uno de esos mediáticos partidos del siglo. Basta con probar un domingo cualquiera. Bueno, uno cualquiera no. Uno en el que no haya celebraciones del Barça, Sónar, Pride Parade o Tour de Francia, por mencionar algunos de los numerosos fastos a los que se rinde con una miope servidumbre mi querido alcalde, el desconocido y desarreglado Jordi Hereu.
En un domingo como el de hoy, logras escuchar el tintinear de una cuchara al remover las esencias de un café en la terraza de cualquier chaflán. El parpadear de un semáforo en un desierto paso de peatones. El suave pedaleo de alguien que se levantó temprano para sentir en la cara las entrelíneas del Mediterráneo mientras montaba en bicicleta.
Es muy sano abstraerse de la vorágine del dia a día y respirar hondo en mañanas como la de hoy. Te hacen recuperar lo mejor de los sentidos, te regalan sonrisas inesperadas y estímulos desconocidos. E incluso, por un momento, te hacen pensar que el alcalde parece menos malo de lo que es.
Felicis dijo
Ay, yo no puedo con el silencio de los domingos. Me agobian las calles vacías y las tiendas cerradas. De pronto, me veo abocado a la introspección y no me gustaaaa!
21 Junio 2009 | 02:36 PM