Una ventana (del Este)
Era el verano de la famosa ola de calor, 2003, el verano en el que tantos franceses murieron por las altas temperaturas y el olvido...
Y, tras el viaje más improvisado que podíamos imaginar, llegábamos de madrugada a Budapest...
Durante una semana una sonrisa nos acompañó por las termas, los paseos junto al Danubio iluminado por una luna llena de plata como testigo, las chelas tomadas entre risas y complicidad desbordada, un paseo en bici o un viaje hasta la Edad Media, Balaton en el atardecer o los neones de una ciudad emergente a nuestros pies. Ninguno de los tres llegó a imaginar un viaje como el que hicimos. Y ninguno lo olvidará, seguro. El tiempo añadirá polvo a las fotografías, y quizás hasta olvidemos cómo se decía cerveza en la pinche lengua húngara. Pero tengo la certeza de que un trocito de Budapest se ha quedado para siempre instalado en nuestras retinas, en una de esas ventanas de la memoria que abrimos cada vez que decidimos encontrarnos en algún lugar del que apenas conocemos algo más que su nombre...
