8.00.- En la arena tan sólo se perciben algunas huellas, las de las máquinas de la limpieza y las de las gaviotas, que camparon a sus anchas en esas tempranas horas en las que no hay veraneantes.  

9.00.- La gente asedia la orilla para caminar o correr. Son días de marea baja que hay que aprovechar.  

10.00.- Sin embargo, parece que el deporte matutino más seguido en esta playa es desayunar en la calle. Y el mollete y el café con leche, el menú más solicitado. La única diatriba es si pedir el mollete sólo con aceite o con jamón. El café, en vaso. Y a temperatura ambiente, o sea, ardiendo. Los niños, con la piel bronceada y las caras de haber dormido más de la cuenta, devoran el pan. Los pocos que trabajan en este lugar de veraneo también hacen su pausa y se mezclan entre los veraneantes. También alguna cerveza se cuela ya en una mesa cercana. Y es que el calor apunta que será un día duro y los hay que ya se van preparando.   

11.00.- Es hora de ir a la playa. En los atuendos, ni rastro de glamour. Bañadores lisos, hombres sin depilar, gorras de propaganda y bolsos enormes pero prácticos. Camisas ajustadas y tops que evidencian una falta de dieta estricta. También escasea la vergüenza. La gente aquí parece preocuparse más por disfrutar que por aparentar. Con camisa poco abrochada, pantalones cortos y sandalias, el "uniforme oficial", un hombre apura su café y apuntala un gran dicho cuando alguien encara un nuevo destino: "Ea, vamo". Caminando hacia la playa puedes cruzar cualquier calle a cualquier altura, sin tener que buscar un paso de peatones. Todos los coches te ceden el paso. Parece que tampoco existen las prisas.  

12.00. Plantada la sombrilla, la gente ataca el diario. Sobre todo una cabecera sevillana, que domina el espectro mediático. Los hay también que juegan al dominó. Unos juegan y otros, cerveza en mano, miran. Al final de cada mano uno habla y los demás asienten. Es un juego de estrategias y silencios.

13.00.- La orilla se convierte en un hervidero. Los hay que pasean, sorteando a niños y mayores. Los hay que se resguardan bajo una sombrilla. Y también hay los que ayudan a los más pequeños a jugar con las olas y los castillos de arena.

14.00.- Hora punta del vendedor de patatas y de los chiringuitos. El calor aprieta y las cervezas y los tintos de verano se sirven sin cesar. Pies descalzos, olor a sardinas y un vaso frío en las manos son algunas de las aristas de la estampa más veraniega.

15.00.- Es hora de ir a comer. Excepto algunos que lo hacen en la playa, la mayoría prefiere dejar desierta una orilla embravecida y un mar aparentemente cansado de tanto bañista. Y, en cada casa, gazpacho, salmorejo, ensalada y un helado de postre.

16.00.- Una toalla tendida al sol se mece suavemente, al compás de un reloj de arena, empujada por un leve poniente. Gatos y perros a la sombra. Y de fondo se escapa, a través del pequeño hueco que deja una persiana bien bajada, una telenovela que nadie ve. Sí, todo el mundo duerme la siesta.

17.00.- Esta vez son las mesas de las cafeterías las que se pueblan. Hay que despertar al cuerpo con un café con leche antes de volver a la playa. Cómo acabó la telenovela, el calor o la merienda de los niños son los temas que acompañan al tintineo de las cucharas.

18.00.- Otros veranos fueron Falcones, Da Vinci o Zafón. Esta vez los veraneantes, una vez cambiadas las sillas de orientación al ritmo que marca el sol, devoran la trilogía de Larsson. El sol ya no aprieta y a los más pequeños ya hay quien no los embadurna con crema solar.

19.00.- A pesar de los numerosos grados sobre cero, la gente cree tener frío a estas horas. La mayoría cambia la arena mojada por la seca y a los niños, después de comerse la merienda, se les acaba la hora del baño y apuran sus últimos juegos en la arena. Comienzan los partidos de fútbol y de palas, mientras los últimos hidropedales vuelven a la orilla.

20.00.- En los escasos días de levante los kitesurfers aprovechan el mejor momento del día, en el que el sol marca un trazo grueso entre las olas. Las copas llegan a las mesas de dominós y cartas, al tiempo que los que no pudieron correr por la mañana comienzan a inundar la orilla .

21.00.- Aperitivos, duchas, bañadores mojados en un tendedero repleto, agua de colonia para los más pequeños, la televisión de fondo y los mayores que se deciden por una abarrotada pizzería. El sol se ha despedido y un horizonte rojizo se queda en la retina de más de uno hasta el día siguiente. Hasta el verano siguiente.

22.00.- La gente abarrota los bares de tapeo, los mejores sitios de pescaíto frito y las pizzerías preferidas de los niños. Parece que nadie quiere cenar en casa.

23.00.- La luna hace acto de presencia y se cuela en cada rincón del paseo marítimo. En los carritos los más pequeños comienzan a soñar con otro día de playa y los padres degustan una tarrina de helado. De nuevo, no hay prisa por volver. Ha sido un día largo y el poniente asegura un buen descanso, cualquiera que sea la hora del regreso. Hay calma y no hay ganas de ver al invierno a la vuelta de la hoja del calendario.

00.00.- Dos adolescentes intercambian pulseras y caricias. Y es que la época estival es la más propicia para los primeros amores. Se sirven las primeras copas con la canción del verano de fondo. La tez bronceada se vislumbra entre los focos y en las terrazas, de nuevo, no existen las prisas. Cierras los ojos y sientes en la piel la sal, la quietud y las sonrisas de una noche de verano. Un sabor tan difícil de describir como de olvidar. Tan sencillo y tan viejo como la arena. Como el mar de cualquier puerto legendario, al que todo el mundo quiere regresar. Cada verano.

 

Las fotos son de Anna.