Ya no recuerdo cómo y por qué nos decidimos. Pero la brújula ya nos orientaba hacia Turquía mucho antes de aquel 9 de julio, cuando nos enteramos de que sería nuestro último viaje a solas...

Echamos demasiadas horas en aviones. En trenes. Inolvidables horas (en todos los sentidos) en la goleta y en los peculiares dolmus, una experiencia que cualquier viajero no debe pasar por alto.

Aunque a Anna todavía le cueste sonreír del recuerdo... seguro que con el tiempo lo conseguirá. Sobre todo si piensa en aquella cena en el mercado del pescado, con la impagable complicidad de Belén y Nacho. O en Santa Sofía al atardecer, cuando el sol aún deslumbraba a los pescadores del puente de Gálata. El desayuno en Kas, frente a un inmenso Mediterráneo. O la Historia que nos regaló Éfeso.

Y los gatos. Y los turcos, sin dejar de charlar, de regatear, de tomar té y de jugar al backgammon. La humedad. Las hojas de parra bajo las que refugiarse. Las especias. Y los minaretes.

Como decía en las últimas líneas del diario del viaje, a pesar de todo no dejaremos de viajar. Para seguir aprendiendo. Y conociéndonos.

Las fotos, cómo no, de Anna.